TURISMO: ¿SOLUCIÓN O PROBLEMA?

“En 2014 hubo 1.138 millones de turistas internacionales que traspasaron alguna frontera. Lo que quiere decir que más de uno de cada siete habitantes del mundo hizo un viaje internacional. En 1950 eran 22 millones”.
Las palabras del secretario general de la OMT, el jordano Taleb Rifai describen muy bien lo que está sucediendo en la actualidad: El turismo es una enfermedad que puede costar muy caro al planeta si no se toman las medidas pertinentes pero también puede ser la fuerza que mueva y una al mundo, todo depende de los gobiernos.
Los gobiernos son los únicos que tienen capacidad de planificar el desarrollo turístico, pues son ellos los que toman las decisiones, tanto de si se edifica en un espacio protegido o si una playa es publica o no. Y últimamente los casos destructivos abundan: desde el urbanismo salvaje de la costa mediterránea a la destrucción de centros históricos de las ciudades chinas como Pekin o la desertificación de acuíferos para llenar las piscinas y campos de golf de los hoteles y resorts colindantes.
Quizá la única nación que ha sabido explotar y comprender la importancia de un turismo sostenible es Francia. El país galo ha sabido legislar y proteger los monumentos y activos turísticos; a día de hoy hay 44.236 monumentos protegidos en Francia.
Internet, las nuevas tecnologías y la apertura de china al mundo suponen un nuevo panorama para el turismo: se estima que en 2018 serán más de 200 millones de chinos los que viajaran fuera de sus fronteras. La masificación y degradación puede ser mayor.
Pero no solo la responsabilidad es de los gobiernos.
Elizabeth Becker, veterana reportera, también pone el ojo en la prensa especializada y busca responsabilidades. “Los informadores aceptan viajes gratis y luego escriben de ellos como si todo fuera fantástico. Narran un universo paralelo de diversión, una especie de Disneylandia. Y esto no ayuda a nadie, porque, como pasa con cualquier industria, no solo se debe hablar de oportunidades, sino también de responsabilidades”.
Becker pone el ojo crítico sobre la polución ambiental, el turismo sexual, el turismo desregulado, los raquíticos sueldos de los trabajadores, en la habilidad de los empresarios para infringir leyes, en las dolorosas condiciones laborales de algunos países, en la homogeneidad y si, también con el turista.
“Parece como que, por el hecho de ser turista, perdieras tu espíritu cívico, y no es así, hay que respetar las cosas”, dice Becker. “La gente arroja basura, daña la barrera coralina cuando bucea, trata mal a los habitantes de la zona, se pasea por la iglesia en medio de una boda… Y ahora que se ha superado la cifra de mil millones de viajes internacionales al año hay una preocupación primordial, y es el control de las multitudes. Lo que significa regulaciones de verdad a todos los niveles. Y ahí es donde puede hacer un buen papel la Organización Mundial del Turismo”.
El genial escritor húngaro George Mikes deja una cita para la posteridad:
«Viajar es el nombre de una enfermedad moderna que quedó fuera de control a mitad de los años cincuenta y se sigue expandiendo. La enfermedad –cuyo nombre científico es Travelitis furiosus– la transmite un germen llamado prosperidad”.
Aún estamos a tiempo de solucionarlo, por la parte que a nosotros nos toca, solo podemos ser un TURISTA CONSCIENTE.
